EL PROCESO DE ENVEJECIMIENTO

Con el paso de los años, los componentes de la epidermis y de la dermis pierden sus propiedades y aparecen las huellas visibles del envejecimiento.

Ya sean grasas, secas, mixtas, sensibles o envejecidas, todas las pieles necesitan agua y la hidratación se impone como un tratamiento cotidiano absolutamente indispensable.
Con la edad, el número y funcionamiento de las glándulas sebáceas y sudoríparas disminuye, la piel se afina y el sistema circulatorio se debilita, lo que repercute en su habilidad para transportar agua a la superficie. Se ralentiza la renovación celular, y la capa superior tarda más en desprenderse de las células muertas. La producción de grasa, que alcanza su máximo nivel durante la pubertad, disminuye progresivamente, y más aún a partir de los 45 años. Como la grasa superficial y el sebo impiden la evaporación de agua, al debilitarse la barrera epicutánea se pierde hidratación más rápidamente.
Pero no se deterioran sólo las células, también envejecen las macromoléculas que configuran la matriz extracelular que las rodea, en particular el colágeno y la elastina. Las fibras de colágeno que proporcionan resistencia al tejido cutáneo se endurecen, se entrecruzan y apelmazan variando su orientación, provocando flaccidez y debilitamiento de la piel.

Las fibras de elastina comienzan a acumular lípidos y calcio. Se desprenden de la membrana de unión dermo epidérmica y realizan incorrectamente su función tensora.
La paulatina desaparición de esta red elástica tensora formada por el colágeno y la elastina es responsable directa de la flaccidez de la piel, de su deshidratación, de su pérdida de suavidad y de la aparición de arrugas, más profundas y numerosas cuanto más seca sea la piel.